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La historia de un huapanguero ciego

“Si ves pasar mi cajón
no me vayas a llorar
rézame con devoción
que ya me van a enterrar
no me olvides corazón”.


Calló la noche y con ella su voz. Era 30 de marzo de 1949. Raymundo Quintero no cerró los ojos porque no tuvo. Calló su propia historia. “El ciego”, “El Huapanguero”, dejó de tocar su violín y decir sus coplas, sus Huasangas, las décimas en el Huapango….
Al calor de la noche, el vino, la música y la emoción eran “in verdadero ritual”. Estallaba una cuarta de dinamita y todo el valle comenzaba a prepararse para el ¡Fandango! “Si no había muerto no había sido bueno el Huapango nos informa el maestro maclovio Sosa Palomino. Esta biografía de “EL Huapanguero Ciego” remonta y permite recrear un momento de la sierra papanteca casi olvidado.
La descriptiva crónica del viaje al pasado singular, colorido y a veces atroz lo llevó a entrevistarse con contemporáneos de Raymundo Quintero, nonagenarios y octogenarios que recuerdan como el ciego, un hombre salido del pueblo de Chicualoque que quedó huérfano muy jóven, se acompañaba de su guitarra y su voz cuidado por un joven que le servia de lazarillo por los campos petroleros en Entabladero.
Vivió en esa zona hasta que conoció a unos músicos de Zozocolco a donde fue para quedarse y comenzar otra vida.
“La vida al pasar nos deja
triste recuerdo esparcido
sepultando nuestra queja
para no tornar se aleja”.
Otra vida donde lleva con su magia el talento musical. buena voz, pronto se hizo escuchar en los bailes, tocaba la guitarra y la trompeta. Comenzaba el Huapango a escucharse en el corazón de la Huasteca. Fue cuando vino Rafael Chavarría destacado violinista de Canhuitz, San Luis Potosí a contagiar de Huapango la región que se conocieron. El violinista descubrió en Quintero el talento musical, la capacidad de asimilar y llegar a la música que se apropió enseñándole a tocar el violín aplicado por completo varios meses hasta que “El ciego” (de nacimiento) lo dominó por completo.
No era un violín cualquiera sostenido entre sus manos. A modo de violonchelo y apoyado entre sus piernas “El Huapango comenzó”. Llora el violín de chelo, cantan los trovadores, la tarima se cimbró, el zapateado comienza, se escucha a cientos de metros, repiqueteantes tacones que escobillean las suelas, cuando cambian de lugar los bailadores, le cierran el paso a la mujer que intenta cambiar de fila. La moruna desfundada. No hay Huapango sin machete. Tecuantepec se estremece a la rivera del Walti la voz resuena:

“Tú tienes Walti divino
donde tarde a tarde voy
a bañarme entre tus olas
para quitarme el calor
junto a la margen contemplo
atajando a las mujeres
platicándoles de amor”.

Por las tardes en la cuesta del Walti un grupo de decididos y valerosos mancebos con sombrero de cuatro pedradas detienen a las muchachas que traen sobre la cabeza baldes de agua llenos. No importa ellas se detienen a escuchar, las propuestas amorosas pero ¡Ay de aquella que se lo tomara como juego! Era raptada por la fuerza y nadie se interponía.
Es este libro sobre la vida de Quintero toda una anécdota. Los años no transcurren en el tiempo, en la Huasteca que conserva sus costumbres. Desde luego algunas han progresado –para bien de las muchachas- y otras ya no ocurren gracias a dios, como los machetazos al final de la fiesta.
El maestro Palomino ha querido entregar una investigación que pesa en el valor histórico y el retrato de un instante que no se puede leer sin música zumbando en los oídos. Dicen que Quintero era tan buen violinista como poeta y que su fama se extendió hasta el mismo Máximo Avila Camacho quien lo llevaba a sus ranchos de Martínez a tocar. Y que hubiera hecho con él un disco pues lo había recomendado con “Peerles” si no hubiera fallecido.
Fue Tecuantepec la cuna del comienzo de Quintero. El impacto nos e hizo esperar, el “ciego” con su maravilloso oído musical reprodujo y condujo fiestas muy importantes y sonadas en la época.

“Hay cosas que nos e ven
como a Dios que está en el cielo
pero el nos brinda consuelo
en este mundo de abrojos
yo puedo ver con el alma
pero tú ni con los ojos.
Dios me dio el bendito don
de poder cantar en verso
por eso mi corazón
en el Huapango está inmerso
le canta con embelezo
a la mujer su canción.
Y aunque no veo las estrellas
porque están muertos mis ojos
siento que todas son bellas
y que su lugar es cierto
por eso en cada mujer
miro una radiante estrella”.

 

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